Muchas veces los padres nos vemos inmersos en escenas bochornosas a causa de las malas conductas de nuestros hijos, más aún si estos son pequeños y no podemos controlar sus pataletas y engreimientos en público. Pero en la mayoría de los casos, somos los progenitores quienes fomentamos y, en muchos casos, alimentamos esas actitudes.
Desde la primera vez que los niños hacen una pataleta pidiéndonos algo que ellos quieren y nosotros cedemos para evitar el vergonzoso momento y así evitar que siga llorando o gritando, estamos contribuyendo a acrecentar esa seguridad de que pueden conseguir lo que quieran con un simple grito, llanto o pataleta.
Cuando los niños se vuelven más agresivos, lo que en realidad están haciendo es crear una fachada de una acumulada inseguridad que, al crecer, tendrá como consecuencia la dificultad para resolver los problemas más comunes. Además, no olvidemos que los niños aprehenden las cosas que se le presentan en su círculo más cercano, es decir, los padres. Entonces si ellos ven violencia y hostilidad a su alrededor, pensarán que es una conducta aceptable y pensarán: “si mis papás lo hacen, ¿porqué yo no?”.
Así que debemos estar atentos a sus cambios de conducta y reaccionar de manera razonable, sin desesperaciones, pues así le mostrarás al pequeño que quien manda son los padres y que sus actitudes no son las más correctas. Evita las expresiones groseras cuando tus hijos estén presentes y, en lo posible, que nunca te vean discutiendo con tu pareja. Recuerda que los hijos son el reflejo de los padres y si son buenos padres, entonces tendrán buenos hijos.